Monday, May 16, 2005

Homo economicus.

Antes de llegar a ser lo que es, homo (que me perdonan las féminas) economicus era ya un ser social, y lo era casi desde el momento en que fue un ser biológico. Fue moldeado en un medio social antes que aprendiera a ser un agente "interesado y racional". A medida que aprendía a ser un agente de éstos, continuaba moldeándose en un mundo histórico determinado.

Por eso homo economicus viene en diversas variedades sociales, en diversas formas de ser históricas. Podemos distinguir ciertamente una manera norteamericana de una manera europea o japonesa de ser homo economicus, asi como Max Weber ponía tanto énfasis en distinguir una manera calvinista de serlo. Es evidente la diferencia que existe entre el modo norteamericano de sistemática invención y destrucción de empresas, del sistema corporativo y político europeo altamente estable, del sistema latinoamericano de grupos empresariales familiares nacionales, de la manera china de organizar extendidas redes familiares por el mundo, etc.

Es bueno que nosotros prestemos atención a este hecho que, quizás por obvio, no tenemos presente con claridad. Nos hemos dedicado con ahinco a formarnos como homo economicus todos estos años, lanzados como hemos estado a movernos individualmente en el plano económico, como único camino durante largos períodos de pobreza, y ante el riesgo cierto de miseria personal y familiar. Hemos aprendido, nos ha gustado y hemos progresado. En el intertanto, los economistas, -esos homo economicus expertos en el homo economicus- no han dejado de educarnos ruidosamente con gran celo al respecto. Quizás llegamos a pensar que es toda la educación que necesitamos.

¿Qué hace el homo economicus chilensis hoy?. Está activo, con el ánimo de estar a las puertas de un nuevo ciclo de expansión ecnómica, de repetir lo que ya hizo en los noventa y con eso duplicar lo que somos en la actualidad. De esta manera, dice, dejaremos atrás el tercer mundo. Pero lentamente ha ido creciendo el coro que duda sobre nuestra capacidad de producir este resultado final. Dudamos que la cosa sea tan simple y tan mecánica como cree el homo economicus. Por todos lados vemos manifestaciones de las limitaciones de fondo del País y nos parece ingenuo esperar que ellas desaparezcan sin más con el crecimiento económico. Ni siquiera estamos seguros que este último no se vea comprometido por las primeras. O sea, vivimos en un estado de ánimo diferente al de hace 10 años atrás.

Empezamos a darnos cuenta que, si consideramos el ser social histórico que somos, debemos evaluar que homo economicus chilensis lo hizo bien; tal vez lo mejor que pudo. Pero para continuar, ¿no tenemos ya la sospecha que hay algo en el ser social que somos que necesita reeducación, transformación?

No debemos culpar al homo economicus por no saber como prestar atención a esto. Pero algo debemos hacer al respecto puesto que éste es un aspecto fundamental de la situación histórica que enfrentamos. Miremos...

¿Qué decir de nuestro espíritu emprendedor? No de nuestra capacidad de hacer empresas y negocios más o menos estándares; sino que de innovar en nuevos tipos de productos y negocios, creando nuevos mercados en el mundo. Durante décadas antes de los 90 lo que importaba era la capacidad de predicción estratégica, hoy lo valioso es la capacidad de emprender. ¿Enseñamos esto en nuestros colegios e institutos superiores de educación? ¿O estamos aún sometiendo a nuestros jóvenes a prácticas verdaderamente reaccionarias en la sala de clases: 6 o más horas diarias sentados disciplinadamente, entregándoles datos y procedimientos?

¿Cultivamos así originalidad, capacidad creativa y habilidades socialmente movilizadoras? ¡Con razón los jóvenes saben que aprenden más en los recreos que en la sala de clases! Y en las universidades, ¿creamos jóvenes inspirados, imaginativos, comprometidos, líderes? O estamos produciendo resolvedores de problemas que se precian de sus habilidades calculativas, buenos managers de mundos más que inventores de mundos. El nombre del juego aparentemente continúa siendo - basta escuchar a nuestros graduados más brillantes - la astucia predictiva, la descripción anticipada. ¡Ya Francisco Antonio Encina decía alrededor de 1900 que nuestras elites son ordenadas y ahorrativas pero carecen de imaginación.!

Lo que es peor, en nuestros colegios nos encontramos preocupados de que hacemos mal aquello que ya hacemos. Pero no nos cuestionamos sobre el valor de lo que hacemos, no reflexionamos sobre lo que realmente se necesita en el mundo de hoy, y continuamos obsesionados con las malas comparaciones que hacemos con estándares que a estas alturas nadie sabe qué significan. Y la indiferencia, potencialmente violenta, de los jóvenes en los colegios, sigue creciendo. ¿No sería mejor tener el coraje de escuchar a nuestros jóvenes, que están más sintonizados con el futuro que nosotros, y no insistir tan obsesivamente en el empeño por enseñarles.?

¿Qué decir de nuestra capacidad para producir confianza? Ciertamente esta es una virtud social altamente valiosa para moverse en un mundo de encuentros veloces con millones de deconocidos. ¿Construimos identidad de gente confiable? No es necesario que respondamos esta pregunta, ni que hablemos de la “picardía criolla” –poca imaginación y mucha sinverguenzura- que valoramos tanto, del gusto por hacernos una “pasadita” en los negocios, con poco esfuerzo y menos escrúpulos, de la dificultad para conseguir que quienes venden cualquier cosa cumplan con los compromisos adquiridos, desde viviendas, durables, servicios profesionales etc. ¿Creemos de verdad que esta cuasi impunidad es necesaria para que el mercado sea libre?

Consideremos el pluralismo. El pluralismo es una virtud social importante no solo para la vida política, también para la convivencia en general, y en particular para los negocios. Los negocios valiosos implican cada vez más establecer relaciones con los clientes y con redes globales de proveedores y asociados, no es solamente cuestión de enviar o traer productos del extranjero. La dedicación solícita al mundo de los otros, a hacernos sensibles a sus valores y estilos de vida, a abrirles espacio y hacernos cargo de sus preocupaciones, es fundamental para 14 millones de seres en un mundo de 6 billones de seres distintos.

Ciertamente hemos aprendido tolerancia. Pero la tolerancia no es suficiente. Aceptarnos y tratarnos mutuamente como enemigos a los que no hemos podido derrotar, no nos prepara para movernos en el mundo tan variopinto y tan grande. Por el contrario, nos hace rígidos en nuestro afanes, ya sean conservadores o transformadores, nos obsesiona con nuestras diferencias exagerando nuestra propia importancia, nos hace aun más provincianos, nos cierra a las posibilidades del mundo y nos ciega a sus amenazas.

En el mundo de hoy los productos valiosos no son los commodities sino que las manifestaciones de estilos culturales que resultan atractivos globalmente. Los productos valiosos acarrean consigo la capacidad de introducir a los clientes del mundo, en su uso y consumo, en espacios culturales originales que les resultan valiosos. La experiencia con los productos evoca maneras de ser sociales únicas y distintivamente atractivas. Nuestros productoa acarrean con ellos por el mundo un pedazo del ser que somos; en cada cosa que producimo, un estilo, nuestro estilo cultural, se abre al mundo.

Es paradojal que siendo un país tan generosa y desproporcionadamente dotado de grandes poetas de estatura
mundial, que han cantado lo que somos a los cuatro vientos, inventando y descubriendo un Chile atractivo y relevante, tal creatividad se haga tanto menos presente en el mundo de los negocios y las creaciones económicas. Tal vez si exceptuamos la realidad de los vinos de marca (donde hemos ido creando una distinción simbólica en la vida contemporánea en el mundo - “el vino chileno”- , lo que ha exigido cultivar y proyectar un estilo cultural tradicional en viñedos, valles, y rutas) todo está por hacerse. Un generoso amor al País, un cuidado solícito que debe ir más allá del espacio en que nos movemos individualmente cada uno, una cultivada sensibilidad a las tradiciones que encarnamos y podemos proyectar valiosamente en el mundo, de todo eso depende.

No hacer nada refugiándonos en el escepticismo sobre nuestra capacidad de hacer algo es contribuir al derrotismo. Homo economicus y sus reflejos de querer tenerlo todo anticipado y calculado de antemano -el business plan- nos conduce fatalmente al escepticismo en este tipo de cosas. Lo que debemos hacer es incorporarnos a la acción comprometida que incluye la necesidad de nuestra propia transformación. Así entiendo yo al movimiento ATINA CHILE: una red de redes de chilenos comprometidos con cultivar en la acción empresarial, cultural y política un nuevo estilo para Chile, más emprendedor, más democrático y más solidario. Y en el proceso de nuestro empeño comprometido por hacerlo, empezar a encarnar en nosotros mismos una nueva posible manera de ser histórica.

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